No, no es el título de una nueva película. Y sí, sí podría ser un titular de prensa referido a Grecia o a cualquiera de los países – de Europa o más allá— que no pueden encontrar la salida del laberinto sistémico.
Hace ahora medio siglo que el escritor Joseph Heller escribió una de las mejores novelas de las últimas décadas:
Catch 22–
Trampa 22, publicada en 1961. El capitán John Yossarian, oficial de bombardero en el ficticio Escuadrón 256 del Ejército del Aire estadounidense, en el frente italiano de la Segunda Guerra Mundial, no resiste más la tensión de saberse muerto en cualquier momento. Decide declararse loco para salir de esta situación. Pero existe una regla 22 en esa fuerza aérea: “cualquiera que solicite escapar de los mortales combates está cuerdo… y si alguien quiere continuar luchando está loco…”
Sean bienvenidos pues a situaciones de locos de donde no es posible salir en virtud de la Trampa 22. Para que la economía crezca se contrae el crédito a particulares y empresas, que pueden perder lo hipotecado y ser aún deudores. Necesitamos inversiones, pero no las estimulamos. Los Estados salvan en última instancia a financieros incompetentes y nada éticos, que ponen después contra las cuerdas a instituciones y ciudadanos. Países con elevada protección social y altos niveles salariales han de competir en la misma liga con otros donde las remuneraciones al trabajo son ínfimas y los servicios sociales casi inexistentes. ¿Cómo es que los ciudadanos aceptan tales, enloquecedoras, reglas de juego? ¿Cómo es que se creen cómplices –y no súbditos-- de ese sistema y la situación por él creada?
Decía Ortega y Gasset que “yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo” (Meditaciones del Quijote, 1914) y tal parece que esta reflexión esté creciendo entre [los ciudadanos en estos momentos. La sociedad civil ha de organizarse. La solución a la crisis –digámoslo claro, a la enorme depresión económica que se nos viene encima— requiere participación. El rumbo y las singladuras no pueden dejarse sólo a autoproclamados timoneles, los mismos que nos llevaron al arrecife.
La globalización por fuera y “un sueño de noche de verano” (de despreocupación y despilfarro de oportunidades) por dentro nos han dejado casi inermes en una posición donde el conocimiento y los buenos criterios han de ser la clave. Hemos pasado de la absurda creencia en un crecimiento material ilimitado --a costa del medio ambiente, de países menos desarrollados y de ceguera ante casos extremos de pobreza e injusticia-- a encontrarnos al borde del abismo, sin apenas recursos políticos y culturales para hallar nuevos horizontes.
Pero quizá no necesitemos seguir la regla de la Trampa 22. Al final de la obra de Heller, el capitán Yossarian logra escapar… para buscar otras soluciones a las paradojas que el propio sistema había creado.