Bien está que se quiera hacer compatible el crecimiento turístico con una boyante economía, con el bienestar social, y con la idea de desarrollo. Pero, ¿cuáles son los requisitos para que ello en efecto sea así? ¿Qué condiciones, cualitativas y cuantitativas, deben darse o fijarse para un turismo sostenible?
En todo caso, el concepto de sostenibilidad transmite el pensamiento de que va a existir, puede darse, un futuro perfecto, inmutable. La cuestión que se plantea en el contexto del vocablo “sostenibilidad” es esencialmente la de cómo conservar el pasado para que ese devenir perfecto pueda ser. Usando un neologismo al uso, la sostenibilidad pasaría por un BAU (Business As Usual), eso sí, razonable e iluminado por buenas prácticas y recomendaciones emanadas de organismos y multitud de conferencias bajo tal cobertura celebradas.
Transcurridos unos decenios, y ya en la transición entre lo que Al Gore ha denominado “el final de la era del procastinar ("mañana, mañana") y el comienzo de la era de las consecuencias”, parece que se debería re-examinar críticamente el contenido de la pretendida sostenibilidad (¡y qué decir ya del crecimiento cuantitativo ordinario!). No parece existir ninguna posibilidad de que el futuro sea una simple extrapolación del pasado, ni un retorno al mismo. No en el turismo, ni tampoco en muchas otras actividades de las sociedades contemporáneas.
¿Qué hacer en una tesitura tal? ¿Qué principios genéricos deberían guiar nuestra estrategia de desarrollo del turismo, por no hablar del desarrollo en general?
Quizá haya llegado el momento de examinar la resiliencia, la capacidad de un sistema de soportar impactos profundos y mantener todavía su estructura y su funcionamiento esenciales. Quizá deberíamos hablar más y más de cómo diseñar y operar empresas, instituciones y organismos resilientes en el turismo. Como decía David Attenborough, “cualquiera que crea en un crecimiento sin fin en un planeta con límites físicos dados... está loco o es un economista”.
Pues bien, pudiera ser la hora de que aquellos que piensan y trabajan en el turismo --aunque sean economistas... y aún financieros - empiecen a construir empresas y sistemas turísticos con capacidad para asumir situaciones límite, y sobreponerse a ellas: sistemas turísticos de alta resiliencia. No hacen falta grandes esfuerzos para deducir del presente que va a haber pronta ocasión de poner a prueba la resiliencia de muchas instituciones (turísticas).








