En ocasiones, los cambios promovidos por el turismo no se dan en los turistas, sino en los propios residentes del destino. Se trata con frecuencia de destinos pequeños, con costumbres ancestrales y una historia o paisaje que concitan la atención de los turistas. En estos casos son los pobladores del destino quienes deben cambiar, para adaptarse a los efectos del turismo: abrir locales comerciales y alojamientos para satisfacer la demanda; conocer mejor los alrededores del pueblo o la ciudad, para poder asesorar o guiar a los visitantes; acostumbrarse a ver gente de aspecto diferente caminando por las calles; aprender otros idiomas…
En suma, el turismo promueve reflexiones y cambios en los turistas, y en los habitantes de destinos turísticos. En el caso del turismo de naturaleza, estas reflexiones son quizá más profundas, por el contraste que existe entre las ciudades (donde vive la mayoría de la población) y los ambientes poco alterados por el hombre. Estando aisladas en medio de la naturaleza, algunas personas sufren una transformación que las convence de vivir en lugares similares, rodeados de vegetación y fauna. Otras, por el contrario, no hacen más que reforzar su deseo de permanecer en la ciudad.
El turismo nos abre la mente, y nos enseña a valorar otras culturas y ambientes. La naturaleza promueve la reflexión sobre la vida que tenemos, y la que queremos. La combinación de naturaleza y turismo puede servirnos como experiencia para hacer un alto en nuestro camino cotidiano, replantearnos nuestros valores y metas, y eventualmente para encaminar nuestra vida en otra dirección. Aprovechemos los viajes para reflexionar. Y corramos riesgos cuando esa reflexión nos incite a cambiar.





comentarios