Por quedarse en su silla, los políticos son capaces de inventar enormes manipulaciones a la verdad, y a la realidad, despreciando a sus electores, a sus súbditos, o a sus ciudadanos, que son considerados como meros elementos consumibles y utilizables para sus fines. Como decía Napoleón: despues de mí, el diluvio universal. Con ello confirmaba su desprecio por lo que pasara en el futuro a consecuencia de sus decisiones.
Un panorama triste, que en buena parte ha sido el origen de los movimientos de indignación de muchos jóvenes de buen corazón.
Pero todo no está perdido. Cuando viajamos nos damos cuenta de la gran diferencia de los pueblos y sus gobernantes. Los gobernantes van directos a sus propios intereses, sin consideraciones. Caiga quien caiga.
Los pueblos son diferentes. Cuando hablamos con ellos nos demuestran que todos somos muy parecidos. Queremos agradar, ser respetados y reconocidos. Nos encanta contactar con los forasteros, sean de la tendencia política que sean, y no tratamos de evangelizarlos son nuestras propias ideas. Cada uno en su casa hace lo que quiere. Pero siempre con buena voluntad y simpatía.
Los políticos no deberían olvidar su misión educativa. Una educación con el ejemplo. Una educación que forme a las personas como personas. Una educación que permita a todos progresar mediante su esfuerzo personal, sin necesidad de reverencias para poder alimentarse.
Los pueblos son los activos más valiosos del turismo.
No los olvidemos. No nos metamos en sus cosas.
Démosles la capacidad de vivir mejor.












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Un abrazo