La cosificación del individuo a través del imperio del mercado, impulsada de forma entusiasta por la publicidad comercial, los medios financieros y el afán de demostración de los individuos, con un sistema de valores que privilegian el tener sobre el saber y el ser, la acumulación de bienes frente a la formación intelectual y humanística, es la causa más profunda de esta crisis, de otras que la precedieron y, en caso de no atacar con decisión sus causas, de las futuras.
Mientras nuestros ¿dirigentes o lideres políticos? sigan instalados en la cultura del “Desgobierno de lo público” (Alejandro Nieto), con motivaciones de gestión que profesionalizan la acción política y promueven las prebendas a leales y socios partidistas, la especulación financiera, inmobiliaria y económica, de esta crisis se saldrá en falso para, antes o después entrar en otra de iguales o mayores proporciones. Mientras los ciudadanos tengan como meta el consumismo más desaforado, buscando la posesión de bienes materiales sin límite, y la Sociedad no inicie la transformación hacia un cambio radical de valores no existirá una verdadera solución.
No se trata, por tanto, de un problema de regulación del sistema económico- financiero, imprescindible de forma urgente y contundente, o de ideología de políticas económicas, cada día vivimos más países en economías mixtas y en la Unión Europea con rígidos condicionantes, sino de orientación del desarrollo que nunca puede ser virtuoso con las recetas de nuestros economistas y políticos neo-com, sacralizando el mercado y el crecimiento del PNB.
Los políticos, empresarios, el individuo y la Sociedad en su conjunto han de impulsar la excelencia en valores como la cultura, el disfrute del conocimiento, las aportaciones a la sociedad y el equilibrio entre el disfrute de los bienes materiales e inmateriales, la admiración por el comportamiento cívico y solidario y altos niveles formativos y educativos y un cierto desprecio, que se vaya acrecentando cada día, por la ostentación de bienes materiales.
El reconocimiento social a la inteligencia, cooperación, solidaridad y aportaciones a la sociedad, mucho más allá del pago de impuestos (suficiente para el padre del monetarismo y premio Nobel Milton Friedman), contribuirá a una regeneración de la clase política y empresarial y al deseado cambio de valores en los individuos, con un consumo más responsable y un mejor equilibrio y satisfacción en el trabajo y tiempo libre.
Ya en 1.960, John Kenneth Galbraith, en su “Sociedad Opulenta”, destaca dos efectos importantes de la opulencia: el peligro de que nos arrellanemos cómodamente en la indiferencia hacia los excluidos de sus beneficios y su cultura, y el desarrollo de una doctrina que justifique la desatención. Otro efecto de la excesiva abundancia de bienes materiales es que genera recursos al sector público para la producción de armas cada día más destructivas. Añadiríamos por nuestra parte el tremendo efecto negativo que venimos padeciendo por un desarrollismo extremo que ha puesto en un riesgo evidente al planeta Tierra (cambio climático y deterioro del medio ambiente).
En la” Creación Económica,”José Antonio Marina, señala acertadamente la necesidad de una “teoría de la inteligencia” que considere el capital no como un reducto de egoísmo sino como una condición para aumentar las posibilidades humanas. Posición acertada a condición de que el Estado cumpla adecuadamente esta función y vigile sus resultados, que pase en definitiva del desgobierno de lo público a un gobierno ético que comience por el Gobierno, la clase política y los funcionarios y sea seguido por empresarios, asociaciones civiles y ciudadanos y, muy especialmente por los padres y el sistema de enseñanza en todos sus niveles.
“Hoy por hoy lo que llama la atención del observador es el abismo que separa las preocupaciones de los ciudadanos y las de los partidos. El ciudadano medio está agobiado por dificultades cotidianas aparentemente mínimas pero son las que llenan su vida y espera que en gran parte se las resuelva el Estado ( trabajo y paro, tráfico, vivienda, seguridad..), mientras que los partidos parecen vivir en otro mundo y se ocupan preferentemente de la Unión Europea, telecomunicaciones e infraestructuras y , sobre todo, de las cuestiones autonómicas y estatutarias” ( El Desgobierno de lo Público”).
Dice José Luis Sampedro que construir una nueva teoría del desarrollo exige inventar un nuevo lenguaje, y como esto no puede hacerse de golpe, resulta indispensable aprovechar lo que nos enseñan y rechazamos para construir lo que nos ocultan e intuimos. En esta época de crisis considera J.L. Sampedro que es necesaria una doble estrategia para actuar razonablemente. Por una parte, aceptar lo heredado depurándolo con los efectos de la crisis y conservando lo que merece sobrevivir. Por otra, aguzar la visión para percibir lo emergente y positivo y ayudarle a prosperar. Esta estrategia obliga a colaborar con ecologistas, politólogos, sociólogos, filósofos…., para inventar la teoría económica propia de nuestro tiempo, adecuada a los cambios producidos en el nivel social y emergentes en el cultural, avanzar hacia el nuevo desarrollo.
El intento de encauzar el desarrollismo actual hacia cauces más humanos no es utópico pues la historia está llena de utopías por el estilo. Lo utópico, señala J.L.Sampedro, es pensar que el desarrollismo cuantitativo pueda continuar sin límites. El colonialismo mental reposa en la información manipulada ( publicidad, Internet, proclamas políticas, medios de comunicación politizados, medio científico convencional…).
Ni el mercado como solución a todos los problemas ni el socialismo radical con la trasnochada contradicción entre la sociedad y el individuo, “entre el hecho cultural y el hecho natural” (Sampedro) responden a las necesidades de estos y los nuevos tiempos; el mejor futuro radica en orientar los fines más nobles del individuo, que son mucho más que económicos o de poder: cultura, solidaridad, realización profesional, familia y amigos y verdadero disfrute del tiempo libre.
Atención, por tanto, a los enemigos del verdadero progreso y felicidad individual y social, sea la clase política manipuladora, el mercado descontrolado, los medios de comunicación manipulados o el efecto demostración (exhibicionismo consumista) … y esfuerzo por la excelencia y el pensamiento propio exigente con uno mismo , la clase política, la empresa y la sociedad en general y extrema atención a los valores en que se forman nuestros hijos.
No es la economía, Estúpido (*)
(*) Contraposición a la frase de Bill Clinton “es la economía, estúpido”.

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Publicado en
Raúl Álvarez / Gestión del desarrollo
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