Para entonces, el económetra Manuel Figuerola Palomo, gran amigo e incansable trabajador, acababa de publicar su obra más conocida, Teoría económica del turismo (Alianza Editorial, Madrid, 1985), en la que decía que el turismo “se origina y se caracteriza por ser una actividad de consumo”, y añadía que “definir el turismo no es tarea fácil en razón de las diferentes connotaciones que le caracterizan y las variadas consideraciones a que puede ser sometido”.
Nótese el reconocimiento que Figuerola hacía de las tres características que yo señalaba más tarde como fundamentales de la realidad del turismo. Que es:
- un acto de consumo
- una materia compleja, y que
- puede ser estudiado desde diferentes disciplinas
Las tres han sido resaltadas en mis columnas precedentes aquí en este boletín.
Yo ni rechazaba entonces ni rechazo ahora esas diversas consideraciones a las que el turismo, según Figuerola, puede ser sometido, esa materia un tanto abstrusa que es nada menos que:
- “una actividad creativa y cultural”,
- “uno de los actos más enriquecedores que el ser humano puede desarrollar en su tiempo libre” ,
- “la inclinación o vocación a viajar con fines recreativos”,
- “un desplazamiento desde el lugar de residencia habitual a otros lugares con una motivación a veces de carácter vacacional o simplemente cultural, recreativa o religiosa que proporciona en la mayoría de las ocasiones una satisfacción”.
Es decir, que el objeto de su estudio radica en la satisfacción de unas necesidades específicas, concretamente, los viajes motivados por la cultura, el recreo y la religión, entre otras motivaciones, para lo cual se impone salir fuera del entorno habitual con renta y tiempo libre para visitar lugares en los que se consumen ambos recursos y nos enriquecemos como seres humanos. Creo que la frase anterior sintetiza en pocas palabras el interés que se siente por el estudio del turismo. Es cierto que años más tarde (en 1991) las motivaciones ociosas se ampliaron para incluir también las negociosas, pero es obvio que si las incluimos la frase sigue teniendo el mismo valor explicativo.
Si el objeto de la economía del turismo son las actividades de consumo, como todo consumo, se realice donde se realice, origina un gasto en la adquisición de bienes y servicios, “se quiera o no, sostiene el economista suizo Kurt Krapf, desde el momento en que resulta un servicio pagado y absorbe una parte de la renta, el turismo es esencialmente un hecho económico y social”.
A partir de tan elemental evidencia, es obligado considerar la actividad turística no solo como una mera actividad de consumo sino, también y además, como una inevitable actividad de producción. No obstante, es patente que esta última consideración ha recibido una muy escasa atención cuando no ninguna y, además, una tratamiento profundamente desenfocado. Tanto énfasis se ha puesto en el turismo como consumo (se llegó a decir que un turista es el paradigma del consumidor) que su estudio se ha instalado en la exageración de ver al turista como una especie de rey Midas porque todo lo que toca (consume) o le interesa lo convierte en un producto turístico. Es lo que he llamado transustanciación del turismo en los bienes y servicios.
Como los productos que adquieren los turistas son, por regla general, los mismos que adquieren los no turistas, tal consideración no solo no sirve para saber cuáles son los productos turísticos sino que lo impide. Lo que acabo de decir tiene una extraordinaria importancia a los efectos del estudio del turismo desde la economía porque esta ciencia no puede iniciar su investigación con unos productos que cambian de naturaleza en función de quien los consuma. No tiene sentido considerar el turismo como una actividad económica sólo de consumo porque todo consumo viene precedido por una necesaria actividad de producción.
Por esta razón es por la que los turisperitos sostienen sin pestañear que el turismo se configura como un sector turístico al que “la realidad no permite compararlo e identificarlo como un sector”, es decir, “no puede ser entendido como un sector independiente de la economía y sólo en sentido figurado podrá aceptarse como una específica rama productiva integrada en el sector servicios de la economía”.
Quien escribe esto es Manuel Figuerola, el cual se hace a continuación la siguiente pregunta
“¿Es pues el turismo una industria? Para responderse a sí mismo de esta forma sorprendente:
“tampoco consideramos correcta esta denominación, porque sólo debe entenderse el concepto de industria como el conjunto de operaciones que concurren a la transformación de materias primas y a la producción de riqueza”.
Porque, en efecto, sorprende que un economista diga que el turismo no puede ser considerado una industria porque no transforma materias primas ni produce riqueza. Porque si fuera así no se entiende qué pintan los economistas estudiando eso que se llama economía del turismo. Si el turismo interesa a los economistas es porque es una realidad económica, y es una realidad económica porque transforma unos productos en otros diferentes, la única forma que existe de satisfacer las necesidades.
Es obvio que Figuerola maneja una concepción obsoleta de lo que es una industria, lo que le lleva a hacer afirmaciones impropias de un economista. Es así como, tal vez sin darse cuenta, está negando al mismo tiempo que el turismo sea considerado como una actividad productiva. Porque, al hacerlo, niega que sea una actividad económica puesto que el mero consumo no basta en economía. Lo curioso es que, aun así, los turisperitos no dejen de hacer referencia todo el rato tanto al “producto turístico” como a los “productos turísticos”. ¿Saben realmente de lo que están hablando? Pienso que, sencillamente, no lo saben.
Llaman “producto turístico” a la aportación que el gasto de los turistas hace al PIB del país de destino, es decir, a una magnitud agregada que es parte del PIB, y llaman “productos turísticos” a lo bienes y servicios que adquieren los turistas en el destino.
Naturalmente, como esos bienes y servicios son, por regla general, los mismos que adquieren los residentes, ante la evidencia de que se han metido en un berenjenal, se ven forzados a identificarlos por medio de una convención o consenso no formulado entre ellos mismos. Es así como llegan a decir que productos turísticos son aquellos bienes y servicios que prioritariamente se producen para ser vendidos a los turistas. Añaden que el “sector” turístico es un sector transversal, neologismo que de significar algo significa horizontal, lo que no empece para comparen el turismo, un sector horizontal porque viene identificado en función de unos consumidores específicos, los turistas, con los sectores verticales, identificados en función de la homogeneidad de sus productos. Y no contentos con ello van a más y sostienen sin que les tiemble ni el pulso ni la voz que el turismo es el principal sector de la economía española sin darse cuenta de que están sumando peras con manzanas.











