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Revista Electrónica de Turismo
Edicion nº 429


T U R I S M O y C U L T U R A
Damia Moragas - BARCELONA

- CENTROS HISTORICOS Y TURISMO
Como es habitual, a nuestro sector se le suponen unas virtudes –como también defectos- mucho más allá de la estricta realidad. Se supuso, durante algún tiempo, que en cualquier lugar donde los sectores económicos tradicionales hubieran entrado en crisis, el turismo iba a ser la herramienta universal que solucionaría el problema del paro y de la precariedad económica. Se ha visto que, excepto en algunos lugares muy puntuales, els sector turístico no tiene la varita mágica del desarrollo socioeconómico inmediato. Las cosas, como en cualquier lugar y sector, toman su tiempo y su dimensión.

Toca ahora, en muchos lugares, rehabilitar los centros históricos que se fueron abandonando en función de políticas de desarrollo ubicadas en “polos” ( palabra que, en España, a muchos nos recuerda tiempos rancios y en color sepia) que concentraban el turismo. El turismo – en los “polos”- ha cumplido su ciclo de vida, es decir, ha acabado con los recursos naturales que lo hicieron posible en su momento, y ahora inicia un declive imparable hacia los precios bajos y la reconversión en oferta inmobiliaria. En este punto vuelve a aparecer la “varita mágica” del turismo que ahora, rebautizado como “turismo cultural” va a pasar de la playa al espacio urbano para disfrutar de la cultura y de la arquitectura locales. Así de simple. Naturalmente, es difícil creer en un proceso de estas características, aunque sea la justificación para que organizaciones de cooperación, organismos internacionales o cualquier administración pública financie la rehabilitación del centro histórico de una de las muchas ciudades que lo precisan.

Me gustaría invertir los términos, en un ejercicio más razonable, y no empezar la casa por el tejado. Los centros históricos, sus contenidos culturales y estéticos, deben rehabilitarse y conservarse, pero, en primer lugar, para que sus ciudadanos mejoren su calidad de vida. Cuando ellos disfruten y recuperen su espacio y sus activos culturales, quizás será entonces el momento en el que se pueda plantear que la ciudad es un atractivo turístico.

En la concepción del turismo como justificación de inversiones en los centros históricos de las ciudades puede haber una enorme trampa, quizás no esmeradamente planificada, pero real. Si algo se arregla , simplemente para que sea “bonito” y se exhibe como tal y ello genera flujos turísticos importantes, se revaloriza el entorno urbano de manera inmediata, provocando un proceso especulativo en los centros urbanos, que acaba expulsando a sus habitantes tradicionales ( “gentrification”) para substituirlos por foráneos con mayor capacidad económica. Realidad final: un nuevo “polo” – esta vez urbano – en el centro de la ciudad. Resultado final: alguien pagará el pato de una mala planificación “pseudoturística”.

De “polo” a “polo” y tiro porque me toca.

Damián Moragues


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