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Revista Electrónica de Turismo
Edicion nº 433

V I A J E R O S
Sandra Canudas - BARCELONA

- EN LA TIERRA DE LOS HOMBRES SALVAJES
Me fui a Australia, mi primer paso para preparar el que sería realmente mi viaje: convivir un tiempo en los altiplanos de Nueva Guinea Oriental a 200 kilómetros al límite con Irian Jaya con las diferentes tribus que viven allí.

Pasé con mi visado de 60 días las aduanas del aeropuerto y ya me quedé sorprendida por la capacidad de ser el centro de atención en la sala de espera, se tiene que reconocer que mi piel blanca contrastada ante tanta tonalidad oscura no podía ayudarme a pasar discreta: siendo de raza caucásica, mujer y encima viajando sola, era un llamamiento a la curiosidad más humana.
En Port Moresby, capital de Papua Nueva Guinea, se empieza a percibir lo que es la realidad del país: en el aeropuerto la vigilancia es tan extrema que sólo estrictamente las personas que van a volar ese día pueden entrar, el embarque al interior del territorio consta únicamente de una sala con pocas puertas por las que cuando ya sabes la hora y la letra que te toca, sales y aparece una azafata delante del avión con el cartel de la letra del abecedario en cuestión.

Mi gran preocupación al aterrizar en el vuelo interno Port Moresby-Mount Hagen era saber si mi guía, que contacté únicamente a través de internet me estaría esperando en el aeropuerto, hubiera sido difícil para mí localizarlo así es que fue él quien se adelantó y se presentó.
Nos montamos en un coche de segunda mano incapaz de pasar ninguna inspección técnica y nos empezamos a mover en dirección al Valle de Waghi, un recorrido de paisajes verdes repletos de plantaciones de té y café, con destino a la Villa de Vgreen. En el camino, con los cristales bajados, Steve no paraba de hacer sonar el claxon saludando a la gente que descansaba sentada en los alrededores de la carretera, después de una jornada dura de recoleccción. Ellos levantaban sus paraguas de colores o sus grandes machetes para cortar la vegetación espesa, devolviendo el saludo.

Ya por la noche aparcamos el coche en medio de un camino y nos desvíamos andando hasta un río. Al llegar, un grupo de nativos semidesnudos, pintados desde la cabeza hasta los pies con colores tierra me recibieron con fuertes gritos, y alzando sus lanzas me rodearon para llevarme hasta el centro del poblado. Constaba de cuatro cabañas de paja esparcidas por la montaña, había una que se destacaba por estar más ventilada, era donde las mujeres cocinaban con piedras calientes y calentaban la comida envolviéndola en hojas de plátano. Esa noche el menú fue patata dulce, pollo y pastel de banana. Pese a la incomodidad de servir y comer con las manos, el pastel era delicioso. Se me ocurrió preguntar cuantos minutos tardaba la cocción. “¿Minutos? ¡Cuándo está de color tostado sabemos que se puede comer!”. Primera lección: hay que hacer el esfuerzo de cambiar la mentalidad de país desarrollado donde el control de los minutos y el tiempo parece imprescindible y saber que en muchos lugares no sirve, no existe ese parámetro, no lo necesitan y subsisten sin problemas. A partir de ese momento me olvidé del protocolo y simplemente me dediqué a imitar sus movimientos para no desentonar. La única iluminación existente era la del fuego. Después de unas cuantas canciones de “sobremesa” nos fuimos a dormir todos a las cabañas. Al día siguiente nos levantaríamos con el amanecer para ver uno de los espectáculos más significativos de esta isla: el ritual del ave del paraíso, un pájaro con plumaje de colores vivos caracterizado por sus movimientos con los que atraen a la hembra de su especie, existente solo en los bosques de este país. Aunque parece un hecho poco significativo si no eres amante de la biología, desde un punto de vista antropológico el estudio de estas aves es importante, ya que la mayoría de las tribus que viven en las montañas incluyen en su vestuario su plumaje. En sus danzas se pueden apreciar pasos que imitan perfectamente los movimientos de esas aves.

Después de ver la actuación de los pájaros, me dirigí a la zona de Banz, a un poblado llamado KupnungKu. Allí la gente Waghi me siguió confirmando la hospitalidad de la gente de Papua, recibiendome con los brazos abiertos. Me sorprendió del poblado los pequeños altares decorativos en las puertas de entrada a las cabañas, un conjunto de huesos de mandíbulas de cerdo colgadas con un hilo y que representaban el poder económico de la família, a más huesos de cerdo decorando la puerta, mejor rango y nivel social ya que significa haber tenido muchos de estos animales sagrados durante su vida. Tambien les servía de dote para un posible matrimonio. En el poblado también tenían una cabaña sagrada donde guardaban los cadáveres de los antepasados y donde acudían para resolver un problema y para que los espíritus les ayudaran. Dentro habían piedras energéticas que cuando las tocaban ayudaban a borrar las preocupaciones del poblado.

No sólo me acogieron como un miembro más de su família, sino que también se molestaron en enseñarme sus bailes, aprender a maquillarme para sus celebraciones y prestarme vestuario, incluidos sombreros de plumaje de aves exóticas que guardan de generación en generación, para seguir sus rituales, como marca la tradición pasada. Me despedí de sus gentes ejecutando uno de sus bailes, que desde mi punto de vista occidental, no transmitían ningún canon estético aceptable. Se trataba de imitar a diferentes tipos de animal, e incluso a veces tenía que luchar contra el sentido del ridículo y enfrentarme una vez más, a una realidad que nada tenía que ver con la que estaba acostumbrada.

Aunque Papua es un país peligroso y se oyen cada día historias de raptos, crímenes y robos, por no hablar de su historia antigua como expertos cazadores de cabezas y antropofagia, me quedó claro que al menos no me tendría que preocupar demasiado de los delitos sexuales. Aun siendo mujer y viajando sola, gracias a la curiosidad de los Mudmen y ya cuando estabamos más en confianza, descubrí que no era para nada una chica de su tipo: de piel tan blanca, vestida con pantalones largos y camisa estilo explorador. No se podía mostrar un resquicio de piel, simplemente por prevención de malaria y dengue. Alta y delgada, me acabaron apodando “la mujer hombre”. Allí, las mujeres siempre visten faldas largas, esteticamente la gordura es bella y lo más importante, la concepción del amor es completamente distinta a como la entendemos nosotros: la mayoría de matrimonios siguen siendo pactados entre famílias y depende a menudo de la posesión de cerdos que tengan, así es que las relaciones se basan en un interés económico de las familias.

Mi experiencia en las montañas terminó con la satisfacción de haber conocido formas de pensar y actuar dignos de admiración y que me enriquecieron gracias a la convivencia con ellos.

Un avión me esperaba para volver a la capital: Port Moresby y regresar a Australia.
A mi llegada, en la sección de cuarentena del aeropuerto de Cairns, enseñé mi ficha con todas las respuestas que te piden para saber el nivel de riesgo que puede traer un viajero al ecosistema australiano. Eran todo “síes” : sí había estado en contacto con animales de granja, sí llevaba objetos de madera no tratados, sí había estado en zonas de malaria, si llevaba fango en mis zapatos….al observar la gente de seguridad mi ficha, me requisaron unos cuantos objetos por si acaso podían quedar larvas de insectos papuenses y me fumigaron hasta a mí!. Con la fumigación comprendí que ya había vuelto a la civilización como la entendemos nosotros!

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