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Revista Electrónica de Turismo
Edicion nº 443

O P I N I O N E S
Carlos Campoy - MADRID

- BARCELONA Y EL MAR

A Barcelona, desde su fundación, la define el mar. Un mar profundo y extenso como es el Mediterráneo, depósito de una cultura de siglos. En él apareció la Biblia, se escribió la Odisea, surgió el Derecho, la Medicina, la Política y la Ciencia, y se construyó Barcelona, capital principal de este mar.

Un mar que en buena y en gran parte pertenece a Barcelona por derecho continuado de posesión, presencia y conquista. Un mar que, a través de incorporaciones sucesivas, dio origen, fundamento y raíz, a la totalidad moral y mítica de Occidente. De esta circunstancia, Barcelona extrajo más que de su montaña y sobre sus aguas perfiló su vocación universal, su genio comercial, su dominación y poder.

Todo y esto y más se encuentra bien explicado en “El libro de las Gestas”, el mejor testimonio de cuanto Jaime I quiso e impuso en el ancho Mediterráneo de sus navegaciones y expansiones. Ahora, todo cuanto se fue acumulando forma ese costado portuario y lúdico de la ciudad postolímpica, y es seguramente el más bello espacio de la Europa trashumante y turista. Aquí el mar es paisaje, horizonte, identidad sin equívocos…, que exige mejor tratamiento que el que recibe.

Aún no están escritos del todo los rumbos de este mar: depende de que se cumplan los presagios que le amenazan: el cambio climático, la “pax jhidadista”, el dispositivo euroamericano frente al desafío asiático, la presión del proletariado externo africano…

Se habla del Mediterráneo como un destino colectivo de sus pueblos litorales, sin otra convergencia que este mar. Pueblos que exigen políticas de urgencia que afiancen su seguridad, apuntalen su presencia, consoliden esta prosperidad que el turismo ofrece y garantiza, aquí, en este mar, con Barcelona como paradigma.

Existe un modelo catalán de turismo receptivo, que se manifiesta en la capacidad creadora de la sociedad entera. Un modelo que se manifiesta en rasgos característicos culturales, sociales, geográficos, y que propenden a servir el ideal de un humanismo asociado a una completa interpretación de la existencia. La Historia ha sido pródiga con Barcelona al dotarla de un sentido espacial de la naturaleza, compartida entre el mar y la montaña. El mar sentido y vivido como lejanías; la montaña, como morada del hombre.

Y en fin, aquí también se contempla el mar como comunicación. Y por esta vía, la ciudad se conecta con el mundo del que vienen constantes e incontables gentes, atraídas por la fama de su genio creador, expuesta y sin parangón en sus ramblas y sus plazas. Un río de turismo, orgullo y emblema de su grandeza.

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