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Revista Electrónica de Turismo
Edicion nº 447

O P I N I O N E S
Carlos Campoy - MADRID

- DEBER Y VIRTUD

El mayor activo del hotel es su limpieza. Y lo que nos da la bienvenida es su aroma. Que al entrar no “cante” la cocina ni el baño. Ni menos aun el personal que nos atiende. Las posadas y locandas del Medievo, dicen los escritores viajeros de la época, cuentan y no acaban sobre este perfume terrible de la vieja hospitalidad. Es mucho lo que un cuidado de la limpieza en un hotel da de ocupación y a la vez prestigio a su plantilla. También el hotel si“… limpio de cuerpo, también lo es de alma”, que decía Bernard Shaw. De ello depende, no sólo el buen nombre del establecimiento, el prestigio de su nombre, el crédito de su dirección y la solvencia de su personal, depende también en la cuenta de resultados y, en lo que tiene de provechoso, la gratificación que causa en el cliente y de su lógica respuesta.

Cualquier manual de Hotelería nos advierte de este peligro. Un peligro grave que pende desde los mil lugares insospechados del hotel... La repisa polvorienta, el cenicero sin descargar, la mancha de la moqueta, los ventanales opacos, el suelo descuidado, un servicio sin retirar, etc. se encuentran siempre detrás de una ausencia de inspección y de cautela, que puede tener consecuencias desagradables. Y a este efecto se recuerda a Campoamor, que afirmaba: “¡Es la esencia mejor de la belleza, el olor sin olor de la limpieza”!. Todo lo demás, se da por añadidura.

Pero lo más importante de todo es la cocina, la despensa y dependencias anexas. Aquí, la limpieza es una semivirtud. En estas estancias, las cosas deben brillar no sólo con más intensa y fuerte iluminación, natural y artificial, sino que todo, enseres, utensilios, ropas, hornos… deben estar superprotegidos por el celo de los responsables máximos y medios de esta sección. Es la gracia que florece, el don de la sabiduría de la dirección, la metáfora de la excelencia.

Otra tensión emocional debe acompañar a quienes corresponde mantener el comedor en permanente estado de revisión, porque su funcionamiento es constante y requiere repasos exquisitos tras cada una de sus horas de servicio. La habitación del cliente tiene que esplender con toda luminosidad posible. Dormir es una in/actividad que nos lleva la tercer parte por lo menos de nuestra vida, ha de soportar pues la mayor atención de limpieza dado el tiempo en que se permanece en la estancia. Y es aquí donde el personal de pisos ha de mantener alerta su atención y preparación, a fin de que el cliente valore positivamente su trabajo y lo pueda compensar como merece.

Y este es un axioma de general y universal aplicación : que la limpieza no es un lujo, ni calidad añadida, ni está reñida con la pobreza.

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