| Jordi Perez Boix - AMERICA
- LA POLEMICA CONTINUA.
Desgraciadamente la realidad es muy tozuda y en la práctica está contradiciendo completamente las tesis “agraristas” que usted, y algunos otros defienden. Digo esto con el conocimiento de mas de 15 años de experiencia como asesor turístico, en España, pero también en países tan dispares como México, USA, Panamá, El Salvador, Venezuela, Perú y desde luego, Colombia.
No suelo contestar a los artículos o comunicaciones (No solo en Latinoamérica, sino también en Europa, aunque curiosamente desde el mismo ámbito, desde los antiguos tiempos en que el Consejo de Europa lanzó la iniciativa de “agroturismo”, allá por los años sesenta) por que sé por experiencia que es tiempo perdido.
Los empresarios que se fiaron de los equivocados conceptos españoles (curiosamente son también británicos, italianos, norteamericanos, franceses y alemanes, eso sí todos dentro del ámbito de la industria turística), hicieron que ese Departamento reciba cada año mas de 500.000 turistas, y que la renta generada, y distribuida, en el entorno rural es de unos 100 millones de dólares, constituyendo el ejemplo mas exitoso en toda Latinoamérica.
El daño que estas teorías están produciendo entre los emprendedores turísticos locales de las áreas rurales es tan grave y la perdida de capitales procedentes del sector publico y del sector de ayudas internacionales es tan desalentadora, que en algún momento habrá que enfrentarlas si se quiere que los sectores rurales latinoamericanos, con todos sus problemas estructurales e históricos, puedan revertir la onda de empobrecimiento que se abate sobre ellas. No solo con turismo, pero también con el turismo.
El Departamento del Quindío es pequeño, tradicionalmente dedicado a la agricultura cafetera y sin otros valores intrínsecos o relevantes que el paisaje, la cultura cafetera y la capacidad de emprendimiento de sus habitantes. Está bien situado, pero siempre a mas de 200 kilómetros de las zonas urbanas (que es de donde vienen los turistas) y ha tenido éxito por tres factores determinantes: El esfuerzo de sus empresarios, la actitud de dejarse orientar de sus autoridades y una buena asesoría basada en el realismo y no a satisfacer la conciencia de ningún teórico del agrarismo militante.
El alojamiento sí es el centro del turismo rural. Ningún urbanita de clase media se desplazará con su familia si no sabe donde va a dormir y en que condiciones y el hotel (un genérico para todo tipo de alojamiento por habitaciones) es el referente para el conjunto de la experiencia turística rural. El turista de ciudad, poco conocedor del campo, le pide al alojador comodidad, buenos servicios, seguridad y precio razonable y si además desarrolla alguna “actividad complementaria”, bien organizada será bienvenida, pero no es esencial. ¿Sabe usted cual es la principal actividad del turista rural? ¿Se ha molestado alguna vez en observar qué hacen los turistas en el entorno rural?
Pues lo que mas hacen los turistas es descansar, pasear (poco y controlado), tomar contacto con la cultura local (bien digerida y preparada, no son antropólogos, son oficinistas cansados del agobio urbano) y tener oportunidades para gastar su dinero de forma divertida y atractiva.
La mayoría de esos oficinistas, profesionales, empresarios, amas de casa, jóvenes y matrimonios mayores no tienen el mas mínimo interés en ordeñar vacas, recoger café en ladera, penetrar la selva con machete o dejarse las manos escardando un platanal. Y claro, si no les dan lo que buscan, pues van para otro sitio.
Hay, es evidente, otros segmentos de demanda que pueden apreciar esto, y una parte de la oferta turística se dedica a estos nichos, pero eso no es turismo rural. Es turismo de aventura, turismo etnográfico y agroturismo (no confundir, por favor, la participación activa en el campo con el descanso en el campo), pero lamentablemente los clientes de estos segmentos son aun escasos en número y capacidad de gasto y para que se pueda obtener algún beneficio de la actividad hace falta cierta masa crítica de clientes.
Hace usted referencia a la capacidad ociosa, pero claro, es capacidad ociosa agrícola, no turística y las inversiones de adaptación son muchas veces mas costosas que la construcción “ex novo”. Si se aprovechan esas construcciones tradicionales es porque el turista rural quiere “autenticidad”, es decir quiere reconocer que está en el campo y no en cualquier campo, sino en el campo del lugar, pero sin perder su comodidad ni asumir los trabajos, riesgos y penurias de la verdadera vida en el campo.
Puede se encuentre entre aquellos que piensan que el urbanita que se desplaza al campo a pasar el fin de semana debe ser castigado por su osadía con un baño de realidad agrícola y tiene que sufrir las penalidades que padecen diariamente los que viven en estos entornos para que tomen conciencia y sientan en sus carnes lo que es ser agricultor, ganadero, explotador forestal o superviviente de las sierras. Pero como el numero de familias masoquistas es escaso, le va a costar encontrar clientes.
Y no hablemos de los sueldos, ya se sabe que los agricultores se ganan la vida con la magia de la naturaleza que todo lo provee. No necesitan energía, medicinas, educación, diversión; porque los agricultores no son como los demás ciudadanos, dados a la nefasta sociedad de consumo. Por eso emigran a las ciudades en cuanto tienen ocasión.
Pero, aquí también tropiezan con otro baño de realidad. resulta que la gente que vive en las áreas rurales no se conforma con ser buenos anfitriones. La gente del campo, si hace un trabajo extra, atendiendo turistas, quiere una remuneración justa al esfuerzo. Pero por malos servicios nadie paga un centavo.
Finalmente como el bienintencionado esfuerzo no vale la pena, la estacionalidad es tenaz, el acceso al mercado es costoso y atender personas es tan pesado o mas que atender vacas, las inversiones (escasas, pero cruciales para el agricultor), se abandonan, el servicio es cada vez peor (total para lo que pagan) y el fracaso se hace hermano de la picaresca. No es novedad la experiencia. Los programas de casas de labranza, de “acueil a la farme”, de posadas rurales turísticas, han fracasado y fracasarán siempre. No son competitivos, no encuentran clientes.
Mientras, el sector de turismo rural basado en la combinación de alojamientos profesionalizados y actividades complementarias basadas en una cuidada interpretación turística, ha crecido hasta convertirse en el 15% del turismo mundial. Y eso sin contar el turismo de día, próximo a las ciudades, donde la combinación es de gastronomía y actividades complementarias, pero basado en los mismos parámetros de profesionalización, autenticidad, interpretación, respeto por el paisaje y el entorno rural.
Los habitantes del agro no son tontos. Han aprendido durante siglos el arte de la supervivencia. Así que asimilan que las ayudas que no van a ningún sitio son subvenciones encubiertas y siguen con sus cosas, luchando por arrancar a la tierra un sustento muchas veces demasiado magro.
Los habitantes del campo saben que sin formalización de los negocios no hay futuro. Que llegar a niveles de vida siquiera similares a los de las ciudades: colegios, hospitales, transportes, comunicaciones, etc. requiere de ingresos suficientes, de pago de impuestos adecuados, de clientes estables y precios competitivos. Requiere de autoridades realistas y de asesorías orientadas a la competitividad.
Es cierto que la situación es mas fácil para los neorrurales, que llegan al campo con la experiencia y formación de negocios y con la claridad de los deseos y requerimientos de sus antiguos vecinos. No se debe a diferencias culturales (No se acuerda, vivimos en la aldea global), sino a diferencias de oportunidades. Los neorrurales que se orientan hacia la visión romántica, agrarista y libresca, fracasan igual que los locales, y no solo no son objeto de enfrentamiento, sino de pena. (que hace este aquí, pudiendo estar allá).
En eso, y contra la opinión de los que sistemáticamente se atrincheran en el “es que aquí somos diferentes”, es una situación universal, la encontramos en Canadá y en Turquía, en Argentina y en México. La cultura ciudadana es muy similar en todas partes y la cultura rural, sin abandonar sus valores propios, quiere también formar parte de los beneficios del pastel.
Ya es hora de enfrentarse a la realidad. Poner por delante las expectativas y deseos de los clientes. Eso funciona en todo el mundo igual, aunque las expectativas y deseos sean ligeramente diferentes, exponer claramente la necesidad de competitividad para los negocios, incluidos los turísticos, ofrecer soluciones prácticas para las dificultades objetivas del turismo en áreas rurales, facilitar la financiación de las inversiones necesarias, capacitar empresarios turísticos, lideres comunitarios, mano de obra que pueda cobrar salarios dignos y sobre todo no decirles mentiras, aunque estén en los libros o cuelguen de páginas de Internet.
Espero acepte este comentario, sin citas ni referencias, pero los consultores que diariamente estamos al pie del cañón, buscando y ofreciendo soluciones prácticas, hemos tenido que ver demasiados desastres provocados por esa visión, en el fondo mas ciudadana que rural, cuyo resultado final es dejar a la gente del campo en la penosa situación en que se encuentran y dilapidar los dineros públicos sin resultados. Seguiré apostando por modelos como el del Quindío, que al menos han creado 10.000 empleos (con sueldos bajos, pero con sueldos), mas de un centenar de empresas turísticas muy exitosas y han atraído inversiones por mas de 1.000 millones de dólares. No es un modelo perfecto y habrá que atender a la conservación del paisaje y el medio ambiente, a la mejora de la economía de los habitantes del medio rural y a la conservación de su cultura, pero al menos habrá dinero para ello.
Me gusta, y parece que a las gentes de campo también, ver las casas mantenidas y pintadas, los jardines cuidados con sus piscinas, las inversiones en mejoras que repercuten sobre la mano de obra local no turística y no agrícola (no todos los que viven en el campo son agricultores).
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